Aprovecho que hoy es Lunes de Pentecostés, para contaros algo que forma parte de mi vida. Aunque ya lo he explicado en alguna ocasión, hay muchas personas que lo desconocen y creen que es broma. Si ya causa sorpresa cuando digo que me llamo “Stilita”, imaginaros cuando cuento que en casa me dicen “Rocío” o escuchan a mi familia llamarme así.

Para poneros en contexto, todo se remonta a un 24 de junio de 1985, día en el que nací. Hasta que mi madre no dió a luz, no supo si era niño o niña. Ella quiso quedarse con la intriga hasta el final del embarazo. Hasta ahí todo correcto, el problema vendría cuando tuviera que poner nombre a la criatura.

En una conversación con mi padre insinuó que Rocío le parecía bonito y ambos acordaron que sería el que me podrían, pero no fue así. Mi padre en un alarde de infinita sabiduría y como guiño a mi madre, me inscribió en el registro como ella, STILITA. El objetivo era que el nombre no se perdiera y continuase una generación más. Tras su llegada a casa, mi padre confesó su hazaña, cuestión que mi madre ignoró pero esgrimió “pues yo le voy a decir Rocío”. Y hasta el día de hoy. Él también me llama así.

No fue hasta que tuve cuatro años y justo un día antes de entrar al colegio por primera vez, cuando mi madre me dijo cuál era mi nombre real. Lejos de sentirme extraña, me acostumbre enseguida y no puse mucho impedimento a ello. La cuestión no fue como yo me sentí en aquel momento sino cómo me sentiría el resto de mi vida. Sobre todo en la infancia y adolescencia.

Por una razón muy sencilla mi madre no quiso llamarme igual que ella. Sabía que los niños son crueles por naturaleza y buscan cualquier motivo para hacer de todo una burla. Lo del nombre era un blanco perfecto. Pero qué queréis que os diga, a estas alturas de mi vida creo que fue todo un acierto. Y sí, me gusta mi nombre, aunque sea poco común. Ahí está la gracia pero lo mejor es que me llamo igual que la persona que me dio la vida.  

A pesar de que tenga que repetir varias veces eso de “soy Stilita” y que no es un diminutivo, ni derivación de nada, que no soy extranjera o qué lleguen a cambiarme de nombre porque piensan que no es como les digo, me gusta aunque no reniego de Rocío.

Para mi Rocío significa familia, intimidad y unión sincera, porque no solo los más allegados me llaman así, sino las personas de mi confianza, las que siempre están a mi lado. Tanto en lo bueno como en lo no tan bueno.

Rocío es parte de mis antepasados. Mi bisabuela y una hermana de mi abuela, se llamaban así. Y he de decir que si de ellas heredé con su nombre aunque haya sido un 1 por ciento de su bondad y humildad me doy por satisfecha. 

Lo de los nombres es algo que me ha perseguido siempre. Incluso hasta el día de mi boda. Cuando Lolo y yo decidimos casarnos y comenzar todos los trámites burocráticos para ello, nos encontramos con que en la partida de nacimiento había reflejado un nombre y en la Fé de Bautismo otro. En la primera aparezco como María Stilita y en la segunda como Stilita del Rocío. 

El padre que nos casó pensó pero ¿es la misma?. ¿Con que nombre la caso?. Finalmente acordó que recibiera el Santo Sacramento del Matrimonio como María Stilita del Rocío, y así lo recibí.

Extraño o no, mi nombre me ha abierto puertas (Otro día os cuento el significado). El primero por raro y el segundo, por la gracia de decir que en casa me llaman de manera distinta.

Me consta y además conozco a personas que le ha pasado lo mismo de que están registradas como “tal o cual” y al final la llaman de una manera que nada tiene que ver con la que aparece en el DNI.

Creo que si tuviera una hija también la llamaría como yo,para decirle Rocío.

Pues bien, ya conoces un poco más sobre mi historia de vida. No dejo de pasar la oportunidad para felicitar a todas las mujeres que hoy es su santo.

¡Muchas felicidades!.